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Unai Basurko está como un niño con zapatos nuevos. Sus pies descalzos recorren con emoción el blanco casco del 'Tetraktys', el Bénetéau que ha 'charteado' para participar en la regata. Está radiante. Por fin va a cumplir su sueño de tirar bordos con los más grandes. Todos sus años de preparación y desvelos se resumen en 10,10 metros de poliéster, en un puñado de velas, poleas y cabos.
Basurko ha serrado las patas de una silla de cámping y se sentará en ella para llevar el rumbo de su sueño. También ha preparado en Sada, cerca de La Coruña, una colchoneta impermeable que atravesará en el suelo del velero. Un lugar seguro desde el que controlar las velas y el ordenador, y donde tratará de descansar. «Dormiré cuatro períodos de 20 minutos al día. Llevo un despertador en el reloj y que me coloco cerca de la oreja. ¡Pero me despierto antes de que suene! Y meteré otro de respeto, uno de esos que se usan en cocina. ¿Sueño? He pasado también mucho sueño navegando con tripulación. No es un problema», dice.
La vida de Unai Basurko ha estado unida desde siempre al mar. Se recuerda navegando en el barco de la familia, un Siroco, con poco más de cuatro años. Con 12 fue ya el tripulante más joven de una regata entre San Sebastián y Plymouth. Tenía ya el veneno de la mar en la masa de la sangre. Pero fue su amigo José Luis de Ugarte quien encarriló su rumbo. Le recomendó a Kanga Birtles, un diseñador y navegante solitario australiano. Así que Unai creció para el océano en Australia. Y descubrió que navegar solo era lo que más le gustaba. «Solo y en la mar. Ésa es mi casa. Allí hay que ser autosuficiente y estar preparado para todo. Pero merece la pena. ¿Los temporales? También se aprende. Para poder disfrutar de los buenos momentos del mar, también hay que pasar malos ratos», resume. Es toda una filosofía. Y no sólo para navegar.
«Es un potro»
Este domingo pondrá rumbo a Les Sables, tras haber pulido y mimado a su barco con la misma ilusión que a un juguete. Pero no nos engañemos. «Anda muchísimo. Es un potro». Su misión será dominarlo y llevarlo por la mejor ruta. Con instinto. «Las ayudas exteriores, los ruteros y las comunicaciones están prohibidos», apunta. Aún así, Maxi Casares el meteorólogo gallego de Copa América, le ayudará en su táctica. Y un equipo por tierra (cojo de 15.000 euros de presupuesto) le ayudará a recuperarse de las palizas que le propine el Golfo de Vizcaya.
Su única ayuda será el 'chino', como llama Unai a su piloto automático, «más fino que yo a la hora de mantener un rumbo y, además, no se cansa». Para alimentar al ingenio podrá arrancar el motor del Bénéteau, precintado para que no sea usado en navegación.
Basurko sabe de qué van estas cosas. Por eso se contenta con acabar la regata, con medir sus fuerzas junto a los mejores solitarios, formando parte de ese club de escogidos. «Son gente muy maja, humildes, con ganas de ayudarte en lo que necesites. He regateado con Desjoyeaux y coincidimos en una salida, banda con banda. Charlamos. Fue emocionante».
Todo lo lleva racionado: en cada bolsa, la comida de un día (frutos secos, chocolate, galletas). Ha comprado la Olla Perfect, la más pequeña del mercado, para cocinar sus raciones de sopas Knörr o de pasta precocinada. «La gente no come caliente, pero para mí es fundamental, básico. Lo tengo cronometrado: en cinco minutos preparo el plato. Y lo engullo en minuto y medio». Basurko ha previsto también una provisión diaria de 10 litros de agua. Pero lo más importante del rancho no pesa ni ocupa lugar. Unai Basurko carga con toneladas de ilusión.>