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Una joya de fama mundial

Diagnóstico  
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< El surf llegó a Europa en 1957. La playa de Biarritz fue la primera en acoger a pequeños grupos de turistas yankees unidos por una afición extraña: deslizarse sobre las olas en grandes tablones. Lentamente, al ritmo de los Beach Boys, esos jóvenes se fueron desplazando por las playas del Golfo de Vizcaya en busca de santuarios desconocidos. Y en 1960 descubrieron Mundaka. A partir de entonces, este pueblo vizcaíno ha vivido asociado al surf. Hasta el punto que le debe a este deporte su fama mundial.

La ola ha dado a esta localidad un aire cosmopolita y unos ingresos por turismo que, de otro modo, por muchos encantos que tenga este rincón del estuario del Urdaibai, serían impensables. Aparte de los extranjeros que ya pueden considerarse autóctonos como Michael Dobos o el australiano Craig Sage, propietario de la Mundaka Surf Shop y representante de la marca Billabong, a partir de septiembre aterriza cada año una legión de norteamericanos, australianos, sudafricanos, franceses, canarios... Hasta japoneses.

A todos les une el mismo propósito: disfrutar de una ola única en Europa, sólo comparable a las grandes del planeta (Pipeline, en Hawai; Teahupoo, en Tahití; la Jeffries Bay, en Sudáfrica; la G-Land, en Indonesia, la Grand Land, en Nueva Zelanda o la de Kirra, en la Gold Cost Australiana. «Tenemos una joya», dice Zuberoa Andrés, portavoz de la Federación Vasca de Surf, antes de enumerar las virtudes de la 'longest leff'. «Es una ola muy larga y muy tubular, perfecta, que puede aguantar desde un metro hasta cinco metros de altura. Y, además, nace en unos fondos de arena fijos, que son los mejores y los menos peligrosos», explica.

Julen Arroiz asiente. «Los fondos de piedra o de coral son mucho más peligrosos. Aquí puedes partir tablas, pero es muy raro que te hagas mucho daño», dice este monitor de surf, al que la visión del mar en calma le hace rememorar, nostálgico, aquellos días gloriosos en los que decenas de jóvenes se desafiaban a hacer tres tubos en una misma ola antes de detenerse en Laida con un grito de júbilo. Pura adrenalina. «Aquí, en los días buenos, ha habido tanta gente en el agua que algunos han llegado a las manos», recuerda.

Desde el mirador de la iglesia de Santa María, Julen esboza un gesto de nostalgia. Son ya casi cuatro meses sin olas dignas de tal nombre en Mundaka y la tribu de los surfers comienza a buscar otros destinos. Lo que era una escena casi cotidiana en este bello pueblo costero -los aparcamientos saturados y docenas de jóvenes calibrando el oleaje antes de lanzarse al agua y buscar un hueco para poder cabalgar sobre la mejor izquierda de Europa- se ha convertido en una postal del pasado. Ahora las fotos hay que hacerlas en Bakio, Meñakoz, Sopelana, Anglet...

-«El 5 de enero entró ola. Pero no fue la típica de Mundaka, la 'longest left' que se dice. Se dieron unas condiciones raras. No entró con la marea baja sino cuando llevaba tres horas subiendo. Y la sección tubera salió a mitad de recorrido. Porque lo que es una sesión clásica de Mundaka, la última fue la del 31 de octubre de 2003, una semana después del WCT», explica este surfista, cuya precisión con las fechas no deja de ser una demostración patente de la crisis que sufre la famosa ola mundaquesa, prácticamente desaparecida desde hace más de año y medio.

Fue el pasado otoño cuando se desataron las alarmas ante lo que era una evidencia: la pérdida paulatina del tesoro natural que ha puesto en el mapa del mundo a esta localidad vizcaína de apenas 2.000 habitantes. La crisis estalló con la llegada de las grandes mareas vivas que preceden al otoño y con los primeros días de viento sur. Se daban las condiciones idóneas para que en el estuario de Mundaka surgiera, como un milagro del mar, esa perfecta ola tubular capaz de abarcar más de 300 metros, desde la punta de Santa Catalina hasta la playa de Laida. Pero la ola no surgía o lo hacía rota por la mitad. Incluso llegaron a verse algunas pequeñas e inauditas olas de derecha. Sin duda, algo muy extraño sucedía.>

 
 

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