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En el varadero del puerto de Valencia trabajan cinco carpinteros de ribera, los últimos de una saga de calafates que se mantiene desde hace 4 generaciones. Saben que tendrán que dejar la actual concesión pero ignoran donde irán.
Esteban Llorens trabaja como calafate o carpintero de ribera desde hace 48 años. Es el más veterano de la Comunidad Valenciana y está orgulloso. Cuando empezó tenía sólo catorce años y ha trabajado codo con codo con las cuatro generaciones de la familia Palau, que son los titulares del Astillero. Son los últimos herederos de un oficio que está a punto de extinguirse, pese a que su trabajo como especialistas en la construcción y reparación de embarcaciones los convierte en imprescindibles para centenares de familias que viven de lo que a diario se recoge en el mar.
El futuro de los últimos calafates está en el aire. La elección de Valencia como sede de la Copa del América les viene muy mal, «nos afecta a tope, porque estamos en una concesión del puerto y todavía nos quedan unos cuantos años de vida laboral», afirma Ricardo Palau que comparte la titularidad de la empresa, que heredaron del padre, con su hermano Paco. Los hijos de ambos Richi y Diego, de 21 y 18 años también han apostado por el oficio del clan familiar.
Su concesión está en el antiguo varadero público que hay anejo a la Cofradía de pescadores, en una zona que en un futuro muy breve cambiará toda su fisonomía para adecuarla a las necesidades del trofeo internacional de 2007.
Ninguno de ellos sabe donde van a ir a parar cuando se inicien las obras y el astillero desaparezca, ni cual será el lugar elegido para realizar la permuta.
«Ni idea, nadie nos ha comunicado nada», comenta Ricardo, que agrega que «ésto», refiriéndose al varadero, «no es hacer una habitación, es hacer mucho gasto y mucha herramienta y de gasto no podemos hacer ni un duro».
Este calafate que dentro de su oficio se define como «el cardiólogo del barco» destaca que Valencia necesita un astillero, «por la cantidad de barcos que hay» y que el año 2004 ya está copado, «los barcos que suben un año a hacer la revisión ya te piden turno para el siguiente y con las vedas biológicas de junio y agosto paran todos». De hecho, ya tienen citadas quince embarcaciones para junio y otras tantas para agosto.
La revisión anual que realizan los pescadores en sus barcos consiste en una limpieza general, pintado, calafateo, cambio de tablas, ejes, cuadro eléctrico, material náutico... «todo lo que tenemos al alcance» para poner al día barcos de más de 20 toneladas de peso.
A la pregunta de por qué hay tan pocos calafates, Esteban Llorens, el viejo león, comenta que es un oficio que se ha abandonado mucho, «que se ha perdido», y porque «es muy duro y está muy mal mirado, porque la Administración así como se ocupa del fallero que tienen unas subvenciones, nosotros hacemos barcos que no se hunden y no tenemos ni una ayuda», declara Ricardo.
Desde 1929 han construido y reparado barcos y jamás han tenido un accidente ni un percance. Lo último que han creado son unas bateas de 21 metros. Para la quilla y las cuadernas (costillas del barco) usan madera de pino carrasco, negral, albar y del trópico: liroco y chapelí. Todo es poco para deslizarse por el mar.>